29 de mayo de 2015

Diario de Pitágoras-Día 3 (1º parte)

El tercer día hice kilómetros para fortalecer mis debilitados muslos después de tanto tifus. Fui desde Mornington Cresent por todo el barrio de Camdem y el río, por un sitio muy pijo y muy mono, noseque-hills hasta una enorme colina, que supongo la que le da el nombre al barrio. Luego la subí y bajé para pasar por Regents Park entero, todos los jardines temáticos y demás. Más tarde por una macro Gran Vía que creo que era Regents Road y Oxford Street más tarde hasta acabar en Picadilly Circus. De ahí tiré a la plaza Waterloo y pasé por Trafalgar Square para ir hasta el parlamento y el puente. Luego recorrí toda la bahía del río con sus puentes y demás para acabar en el Tate Museum y vérmelo entero.

Milagrosamente no acabé nada cansado después de estas 11 horas caminando y haciendo turismo. Una fuerza en mi volvió a brotar, como en los buenos tiempos y para cuando ya era de noche me veía con poder para hacerme el recorrido de nuevo.

Pero bueno, todo esto son detalles logísticos. Lo trascendente del día ocurrió justo al principio.Iba cruzando un puente y serpenteando puestos de comida rápida cerca de Camdem cuando vi que había una especie de túneles llenos de mercadillos bazares. Jugueteando con mi moneda de dos caras me adentré en la oscuridad.

Había muy poca gente por algún motivo y no sabía muy bien a donde iba, aquello era un laberinto. El caso es que al torcer una esquina me encuentro con dos gigantes de metal y ojos iridiscentes que guardan la entrada a una extraña tienda de luces de neón.

De dentro sale el sonido a música de ciencia ficción, una orquesta de electrodomésticos con epilepsia. Dentro me asombré mucho más al ver el espectáculo que me presentaba. Gigantescos tubos translúcidos con líquidos extraños en los que dormían androides sonrientes. Ropajes y equipamiento que danzaba con el sonido y medía las frecuencias vibratorias y, más abajo, en los subsuelos, una fantástica escultura de una pareja robótica en un desenfrenado baile del amor que desata sus componentes electrónicas para terminar con su muerte virtual. Estaba en Cyberdog.

A poco que intenté plasmar aquellas imágenes en mi cámara unos señores, con cejas verdes y moradas fluorescentes y tubos de plástico en vez de pelo, me echaron amablemente repitiéndome un código secuencial que hizo que no me pudiera resistir a sus peticiones. Así que, muy dignamente, agarré mi moneda para darme fuerzas y me largué de ahí.

Lo que no esperaba es que al salir de aquella gruta hubiera pasado tanto tiempo. Ahora miles de turistas plagaban las callejuelas y tropecé con una horda japonesa. La moneda salió volando de mis manos y fue dando tumbos por una estrecha calle que pasaba completamente desapercibida.

Fui corriendo a buscarla y nada más torcer por la esquina a oscuras me golpeo contra algo inamovible...



10 comentarios:

  1. Cyberdog es bestial. Aunque no compremos nada (porque no es ropa para señores como nosotros), siempre nos pasamos por allí

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    1. Que no hombre, si os apetece vestir rave con coleteros de neon pues con un par! jajaja

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    2. Lo mejor de todo fue ir con una amiga y que se pusiera COMO LOCA a escudriñar un vestido para hacérselo igual a su hija

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    3. DIla que las drogas son malas.

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  2. Pimrose Hill....
    Cyberdog me gusraba hace tiempo, pero ahora... creo que ya estoy muy viejo para ir: la ultima vez que fui, únicamente queria salir de alli...

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    1. Pero cuantos años te crees que tienes, si estás hecho un chaval!

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