22 de mayo de 2015

Cuaderno de Pitágoras- Día 1

Afortunadamente no fue necesario madrugar para el viaje de ida a Londres, así que decidí resolver el problema de las libras por la mañana. Para mi sorpresa las libras tardan en llegar al banco...dos semanas! Cuando el señor que me atendía me preguntó cuándo me iba y le dije que en unas horas, me miró con cara de "corre muchacho, corre". Así que corrí.

Recogí todos mis artilugios para el vuelo y me fui corriendo a Sol, con la esperanza de conseguir algunas libras para poder pagar el bus del aeropuerto al centro. Sabía que en el mismo aeropuerto te cobran comisiones desorbitadas por cambiar dineros y no me había pasado el año trabajando para que se quedase la mitad en intercambios usureros.

Entré en el primer sitio de cambio del centro y les pedí libras. Me dijeron, "comprar libras o vender libras?" Les volví a PEDIR libras y pronto lo entendieron. Entonces la señora, con la mirada fijada en mi cara, cogió el teléfono que tenía al lado y, sin marcar ningún número, esperó unos segundos. Tampoco dijo palabra a quien estuviese al otro lado, pasados los segundos colgó con un gesto robótico y me dijo: "no hay libras".

Entré en el segundo sitio de cambio y les pedí libras. Me dijeron, "comprar libras o vender libras?" Les volví a PEDIR libras y pronto me entendieron. La señora abrió un cajón y sacó un monedero plasticoso. Lo abrió e hizo gesto de vaciarlo, solo que no caía moneda alguna de él. "No hay libras", me dijo.

Entré en el tercer sitio de cambio de dinero que estaba en la misma Gran Vía y el ruido del tráfico apenas me permitía escucharme. Le dije a la señora: "quiero COMPRAR libras. TENGO euros y QUIERO libras". Agité un poco los puños en alto. Dudo mucho que me oyera puesto que yo a ella no le oía lo más mínimo. Me hacía gestos de bloqueado el tráfico y luego hacía como que corría por el parque. Levanté las palmas y me encongí de hombros queriendo indicar: "que dices, loca". Creo que hizo como que tiraba una caña de pescar y luego recogía el anzuelo para darse cuenta de que en realidad había pescado una bota, así que entendí que no les quedaba nada que me fuera a ser útil.

Concluí que España estaba vacía de dinero y no me iba a quedar más remedio que cambiar en el aeropuerto. Malditos usureros, ojalá mueran entre terribles sufrimientos, desollados y salados al sol.

El viaje en avión fue fantástico e incluso llegué al centro sin mayor problema, después de encontrar el bus adecuado. Pero una vez allí me di cuenta de que no tenía datos en el móvil y debía encontrarme con mi amiga en no sé donde. Estaba en London Liverpool Street y todo el mundo vestía de trajes baratos y me codeaba con asco. Creo que intentaban simular la experiencia neoyorquina de tener mucha prisa y ser odioso, pero con trajes más budget-friendly.

De repente me vi triste y solo, perdido entre una marea de hostilidad. Para colmo empezó a tronar y llover sobre mi cabecita. Caí sobre mis rodillas al suelo y dejé las maletas en un oscuro charco. Me lamenté a los dioses, preguntándoles por qué me hacían pasar por aquella experiencia tan desoladora y entre sollozos vi como todo se difuminaba a causa de mis lágrimas. El traqueteo incesable de los zapatos de vestir pasó a ser un mar negruzco de tentáculos amenazantes y entonces supe que iba a morir allí mismo devorado por un calamar gigante.

Ahí fue cuando entre los tentáculos se abrió paso un blanquecino resplandor de esperanza y caridad humana. Una adorable anciana con blusa de encaje se me acercó con una amplia sonrisa esterlina. Era tal su sonrisa que hacía que sus mejillas se alzaran hasta el punto de entrecerrar sus ojos arrugados. Me quedé hipnotizado con su gesto y no me di cuenta de que había dejado de llover.

La Señora agarró mi mano derecha y depositó un pequeño objeto frío y metálico sobre mi húmeda palma. Vi que era una extraña moneda de dos caras, una plateada y la otra dorada, pero no pertenecía a ningún país que existiera en la actualidad. Con sus ancianas manitas dobló mis dedos y me los cerró en un puño en torno a la moneda. Me apretó fuerte la mano como si quisiera transmitirme un calor espiritual para que germinara en mi interior una semilla necesaria.

Sin soltarme, se dobló acercándose a mi oído y me susurró: "Hitler did nothing wrong". Me soltó la mano dedicándome su cálida sonrisa una vez más y se marchó, desapareciendo entre la niebla. Entonces supe exactamente dónde encontrar a mi amiga, en su casa.

Abriendo mi libreta vi que había aparecido en la primera página la dirección de una casa inglesa. Emprendí el viaje hacia allí y pronto estuve de nuevo calentito y en compañía, durmiendo entre sábanas con la bandera de Inglaterra. Así fue.


8 comentarios:

  1. Me alegro de que tu odisea terminase entre sábanas de la Union Jack, estoy seguro de que aún te quedan muchas aventuras por contarnos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí, pero a más aventuras, más extremidades amputadas.

      Eliminar
  2. Jajaja, Liverpool Street station esta siempre ajetreada, pero nunca, nunca me ha tocado vivir una experiencia así.

    ResponderEliminar
  3. ¿Y el de la foto del final eres tú?...como diría mi abuela: ¡ay que riquiño!

    ResponderEliminar
  4. Estuve por la City a finales del pasado octubre. Fue una visita uun poco frenética y tengo ganas de verla con más calma. Me apunto todo lo que vas viendo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Apunta apunta, se ve mejor con las fotos pero bueno

      Eliminar