15 de abril de 2015

Me ronroneaba desde el armario

Recuerdo que aquella era una de esas pocas noches en las que me quedaba solo en casa. En tiempos anteriores me hubiese puesto eufórico este evento, pero ya no. No desde que le conocí.

Opté por la estrategia que seguía todas las noches. Meterme en la cama el primero y no moverme lo más mínimo hasta que todos estuviesen de nuevo despiertos, con el inconveniente de que esta vez estaba solo.

Mi madre se despidió de mi, me advirtió que me portara bien y me dejó el peluche de Cibercelia a mi lado, "para que te proteja" bromeó. Si ella supiera que si por mi fuera me haría el muerto hasta el amanecer...por miedo a provocarle, por despertarle y darle una excusa para que se pusiera a habar conmigo. Si tan solo supiera todo lo que me ocurría en aquella habitación por las noches no bromearía.

Todas las luces se apagaron y se produjo el silencio. No un silencio agradable y relajante, sino el tipo de silencio tenso. El que te oprime los tímpanos, peor que el más estridente de los ruidos. El que te desorienta como si estuvieras ciego y juega con el resto de tus sentidos para provocarte paranoias escalofriantes.

Estaba concentrado en escuchar las palpitaciones de mi propio cuerpo para poder dormirme lo antes posible y por fin salir de aquella pesadilla en vida para adentrarme en una irreal. Fue entonces cuando lo escuché.

Una noche más, el familiar chirrido de la puerta del armario de tablones blancos horizontales me sacó de mi hipnosis. Mi madre se empeñaba en decirme que la puerta estaba vieja y tenía la manía de abrirse sola de vez en cuando. En realidad, al principio me echaba la culpa a mi, pero al verla abierta el día del cumpleaños del vecino, en el que nos quedamos todos a dormir, tuvo que tragarse sus acusaciones y rehacer teorías. A día de hoy sigo dudando todas las teorías que improvisaba mi madre para explicar estos fenómenos. En especial dudo de su mito de 'la puerta chirriante'.

Tenía la ventana de la habitación plagada de dibujos míos y apenas entraba luz exterior de las farolas de la calle. En parte fue para poder dormir con un mínimo de oscuridad pero sobre todo lo tenía así arreglado para no tener que verle a él. A pesar de mis esfuerzos entraba la suficiente luz como para intuir sus ojos gigantescos como globos terráqueos mirándome fijamente. Como odiaba esos ojos asquerosos y brillantes.

Sí, lo confieso. Miré hacia el armario y le vi. Tenía la lección más que aprendida y sabía que lo único que tenía que hacer era no mirarle. Aun así la mente a veces es enfermiza y morbosa y hace que metas el dedo en la batidora cuando esta está en marcha. Eso sí, para bien o para mal fue la última vez que le volví a ver.

Apreté fuertemente los ojos como para hacerle creer que no los había abierto. No se como me atreví a intentar engañarle. Cogí a Cibercelia con las dos manos y susurré: "no te preocupes que no va a pasar nada". Aquella era la mayor mentira jamás contada, pero debía fingir ante Cibercelia por puro orgullo. Eso ante todo.

Hubo unos instantes en los que no ocurrió nada. "Ya está" me dije, por esa noche parecía que me había librado. Pero nada más lejos de la realidad. Tal era el silencio de mi habitación que escuchaba un sonido de clic muy aleatorio, como el de alguien al que se le ha metido algo en el ojo. ¡Le estaba oyendo pestañear!

Después de desperezarse lo primero que hizo fue soltar una sonora carcajada que imitaba la risa infantil de un niño de mi edad. Su boca pasaba de una bocanada felina a una línea afilada y hermética, como de pajarito. El escuchar aquella risa salir del dueño de esos los ojos aviesos que no se me despegaban aumentó la dosis de terror que ya recorría mi espina.

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