16 de abril de 2015

Me ronroneaba desde el armario II


...

Después de desperezarse lo primero que hizo fue soltar una sonora carcajada que imitaba la risa infantil de un niño de mi edad. Su boca pasaba de una bocanada felina a una línea afilada y hermética, como de pajarito. El escuchar aquella risa salir del dueño de esos los ojos aviesos que no se me despegaban aumentó la dosis de terror que ya recorría mi espina.

Sin ningún motivo comenzó a gritar. "¡AY, AY, AY, AY, AY! ¡ay, AY!". Parecía una especie de canción demoníaca con la que comenzaba su noche de caza. "Me has despertado. ¿Hola? ¿Dónde estás? ¿Dónde estás, amigo? No te veo, ay." Supongo que ya no tenía mucho sentido seguir fingiendo, me daba miedo las represalias de mentirle.

"...H-hola".

"¡Hooooooooola! ¡Te he echado de menos! ¡Tengo muchas ganas de jugar! ¿Jugamos?"

Aquello era aberrante. Que aquel ser aborrecible intentase hablar como si fuese un muchacho de pocos años con esa voz tan artificial reforzaba su energía siniestra. A duras penas pestañeaba. Tan solo cada tantos minutos se oía un sonoro 'clic' y volvía a fijar su mirada en mi hasta el próximo pestañeo.

Volvió a gritar: "¡AY, AY, AY, AY, AY! ¡ay, AY!" ¿Por qué repetía tanto esa chanza?

Me incorporé en la cama y le miré fijamente. Después de unos segundos tensos se comenzó a reír con una carcajada que imitaba a la de un bebe recién nacido. Después se puso a ronronearme. Primero con suavidad, como un gato, y después hizo una transición hacia un fuerte rugido amenazador. Estaba notando ya las lágrimas agruparse en mis ojos.

"Van a venir en seguida, sabes. No puedes hacer nada hoy conmigo." Mentira.

"¡Vamos a jugar!"

"¡NO! No quiero volver a jugar contigo."

Suspiró de forma muy exagerada de la sorpresa, o igual estaba siendo sarcástico. Nunca supe cómo interpretar sus reacciones. "¿Ya no me quieres?"

"Solo quiero irme a dormir".

"¡Ya no me quieres! ¡AY, AY, AY, AY, AY, AY!" Esta vez no eran gritos entonados como una canción sino que eran puros arranques de rabia. "¡No puede ser! ¡Tienes que quererme!" Acto seguido arrancó a llorar, lágrimas de cocodrilo, sin duda. "Esto me aburre. Vamos a jugar a nuestro juego favorito".

"No...no. Te digo que no quiero jugar nunca más contigo. Lo que haces tu...no es un juego. ¡No me divierte, ni me divertirá nunca!"

Suspiró escandalizado y después comenzó a reírse como un demente. "¡Tienes que quererme más! ¡Ya no me quieres! ¡Quiéreme, quiéreme! ¡QUIÉREME!"

"¡Deja ya de gritar, cuando vengan les vas a despertar!". Había llegado el punto en el que mis ojos no aguantaban más y la tensión de la conversación hizo que me chorrearan dos grandes goterones por las mejillas. No tenía ni idea de cómo manejar aquella situación. Probablemente hoy tampoco sabría hacerlo, mucho menos a esa edad. Metí a Cibercelia bajo la almohada como para protegerla de la escena y evitar que escuchara y viera algo demasiado duro para una ciber-dama como ella. Incluso en estado de crisis era coherente con lo que mi imaginación dictaminaba como 'lo correcto'.

"No, no, no. Ya no hay nadie aquí. No va a venir nadie. ¡Solos tu y yo jugando todo el día! ¡Jajajaja!"

"¿Cómo? ¿Qué les has hecho...?" Si me hubiese parado un poco a pensar sabría que no tenía que fiarme de nada de lo que me dijera, pero uno jamás se para a pensar en esos casos.

"Tienes que decírmelo. Tienes que decir que me quieres, que me querrás para siempre. ¡DÍMELO!" Abría y cerraba la boca con un ritmo mecánico  escalofriante y sus ojos...Puede que fuese sensación mía, pero estaba casi seguro que no habría pestañeado más de tres veces en toda la conversación. 'Clic', cuatro.

Decidí armarme de valor y levantarme de la cama. Lentamente arrastré los pies cubiertos por unos calcetines viejos. Serpenteé por el suelo hasta estar a un solo paso del armario. Se veía completamente negro salvo el brillo de sus ojos gigantes de sapo. Volvió a pestañear. Me dije a mi mismo que cuanto menos le temiera menos daño me haría, que si jugaba a su juego probablemente tendría ocasión de salir ganando. Esa idea fue la que me convenció para alargar los brazos hasta meterlos en la oscuridad del armario y palpar hasta encontrar su cara. Estaba a una altura mucho mayor que la mía, así que me subí con soltura sobre uno de los cajones que había dentro del armario. Le agarré por las mejillas. Estaban recubiertas de un duro pelo que recordaba a plástico, solo que era tan fino que pinchaba.

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4 comentarios:

  1. ...espero que la tercera entrega no tarde mucho en llegar. Me ha gustado, es raro y perverso, no alcanzo a imaginar en qué va a consistir ese juego...

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  2. Y al margen del texto, ¿el reto Stephen King consiste en leerse ¡99! libros suyos?...Me gustaría conocer la lista, porque yo pensaba que me había leído casi todos pero ¡¡¡no creí que fueran tantos!!!
    Saludos, y ¡buen fin-de!

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  3. Efectivamente ese es el reto! Si pinchas en la imagen te lleva al post en donde tengo toda la lista de los libros con los que llevo leídos y demás!

    PD: ahora mismo me pongo con la última parte

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