28 de marzo de 2015

Sobre mi infancia y adolescencia o cómo ser emocionalmente solvente




Desde que tengo conciencia de mí mismo, y hace ya más de 17 años de ello, he tenido la ligera sensación de estar observando a la gente que me rodea desde un discreto segundo plano más que de estar socializando con ellos activamente. Ya sea por timidez o por falta de recursos sociales nunca he sido un hombre de abundantes amigos. Tampoco de pocos, pero desde luego no muchos. Lo que vengo a querer decir es que toda mi vida he sido un raro. De pequeño me crié en el extranjero, en un colegio americano en el que me costó adaptarme por las barreras del idioma obvias y en el que, como he dicho, siempre sentí estar a una cierta distancia de todo. El colegio era de costumbres mojigatas en comparación con la habitual picaresca de los niños de la misma edad en España. Eso me proporcionó cierta seguridad dado que yo era un niño de todo menos pícaro. Allí no triunfaba el crío más chulo, ni el que mayores tacos dijera, ni el más ligón. Esta cultura puritana americana me resultaba cómoda y propicia para explotar toda la inocencia que retenía y retuve hasta mis buenos años de adolescencia.

Los tiempos americanos se acabaron y fui devuelto a mi país de origen, de vuelta a la picaresca de patio de colegio en el que no encajaba lo más mínimo. Ni me gustaba el fútbol, ni ligar con las niñas (más tarde resultó evidente por qué ), ni destacar por encima de los otros niños a base de prepotencia y chulería infantiloide, ni nada de eso que encuentras en una persona normal y corriente. Fui raro en el colegio, lo fui en el instituto, posteriormente en la facultad y más tarde sigo siendo raro en mi temprana vida adulta. Esta sensación de alienación se me reveló en el instituto al ir a parar a un grupo de amigos que a ojos de cualquiera con aspiraciones de popularidad resultaba un vertedero social. Éramos empollones algunos, muy cazurros otros, adictos a los videojuegos, algún extranjero con problemas de idioma, algunos adolescentes oscuros y atormentados , y todo eso que sale en los grupos de raros en las películas. ¿Que no encajabas entre tus amigos? Pues nosotros te acogíamos. ¿Que tienes alguna clase de tara, tus padres trabajan en el circo de los horrores o fuiste criado en la selva por una familia de monos? ¡A nuestro grupo!

Nuestra conciencia de raros se intensificaba más si cabe porque no éramos unos marginados en un colegio cualquiera, éramos unos marginados en un colegio militar plagado de fachas recalcitrantes, elitistas y aborrecibles, copias de sus prepotentes padres. Y es de imaginar que nuestro ideario político era de todo menos facha y elitista. Entiendo que por este motivo en cualquier otro colegio quizá no hubiésemos sido tan raros, incluso hubiésemos sido valorados aunque solo sea un poquito por nuestros compañeros, pero en el nuestro no era el caso.

Este grupo de exiliados fue y sigue siendo para mi la mejor de las familias en las que he estado. Supusieron los años más felices, alegres y divertidos de lo que es hasta día de hoy mi vida. Fue un oasis de integración y comprensión en un océano de diarrea humana. Sin embargo, este acomodamiento a estar rodeado de gente igual que yo más tarde me supuso bastantes problemas para sentirme integrado en cualquier círculo social distinto de este, pero aun así no me arrepiento de haber forjado una familia sólida y feliz de la nada. Una familia resistente a toda la hostilidad y rechazo del exterior.

Nunca fuimos partícipes de la diversión del resto de compañeros del colegio así que nos lo montábamos por nuestra cuenta, a nuestro estilo. No éramos el tipo de adolescentes que se emborrachaba los fines de semana antes de entrar a la sesión light de las discotecas de Madrid, de hecho nunca fuimos a una discoteca hasta tener unos buenos años. Tampoco hacíamos botellón como hacía el resto de nuestros compañeros semanalmente (sin invitarnos, por supuesto) ni nos hizo falta nunca.

Nos divertíamos hablando, dialogando, bailando, riendo y sobre todo haciendo el tonto a más no poder. Discutíamos sobre ciencia-ficción, sobre literatura fantástica, jugábamos a juegos de rol, a videojuegos, discutíamos sobre filosofía, sobre la vida y la muerte, sobre cómics, íbamos a ver películas que nadie conocía y no se proyectaban en los cines comerciales, íbamos al teatro con nuestros profesores de lengua, nos disfrazábamos, éramos creativos y no nos cortábamos el uno al otro por vergüenza a hacer el ridículo, por lo que dijeran los demás y mucho menos por parecer patéticos (de hecho éramos harto ridículos en muchas ocasiones, y nos daba igual). Éramos los únicos alumnos amigos de los profesores. Los únicos capaces de mantener conversaciones con ellos, echarnos unas risas con los adultos y conseguir su cariño. Vamos, que a los demás muchachos de nuestra edad les dábamos un asco tremendo por ser tan sumamente repelentes. La forma oficial de saludar a los de nuestro grupo fue al grito de “RAROSSSSS”, con énfasis en las eses. Grito que absorbíamos y multiplicaban nuestros puntos de experiencia, para posteriormente subir de nivel y blindarnos con un orgullo de ser diferentes impenetrable por cualquier desgraciado que nos cruzásemos.

Y así fue como pasé de sentirme un mero observador en las sombras a tener conciencia de mi personalidad y de mi persona, de quién soy y de quién seré probablemente el resto de mi vida. Así forjé mi ideario, mi moral y mi ética, desde una perspectiva apartada y marginada de la sociedad. Desde esa la distancia no puedes evitar que todos los juegos y farsas que llevan a cabo la gente por el mero hecho de destacar y todas estas pantomimas te acaben pareciendo patéticas y tristes, vacías y superficiales. Gente que participa en un juego destructivo de ensalzamiento del físico, de la chulería, de la promiscuidad desmedida y de otras tantas tonterías de las que nadie se va a acordar en muy poco tiempo. Un juego cuyo objetivo es tan solo un poco de caso, para que a través de los ojos de los demás y de sus alabanzas puedan valorarse a si mismos y tengan una cierta intuición de quiénes son y adónde van.

Esto creo que es lo que más agradezco de mi madurez, el haber aprendido a hacerme a mi mismo. Necesitar la aprobación de los demás para tener autoestima quizá sea lo menos acertado para ser feliz. Hacer las cosas porque a uno mismo le gustan y le hacen sentir bien y orgulloso parece fórmula infalible, pero viéndolo en perspectiva entiendo que no sea tan fácil llegar a ese punto como decirlo. Dudosamente creo que vaya a tener esta sensibilidad alguien que no haya pasado por ciertas experiencias que le hayan obligado a estar a solas consigo mismo, que le hayan hecho pasar horas explorándose y entendiéndose. Aun más importante, no creo que seas capaz de esto sin una cierta fortaleza emocional que te proteja del feedback negativo de los demás, porque es omnipresente.

Al fin y al cabo a quien tendrás toda tu vida y nunca te podrá abandonar por razones físicas eres tú mismo. Eres el único al que con certeza absoluta no sobrevivirás.




6 comentarios:

  1. Me ha encantado la entrada, me he sentido identificado en bastantes cosas. Enhorabuena por escribir tan bien.

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  2. A ti por molestarte en leertelo y en cometar! Gracias!

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  3. Por aquí otro que se siente identificado con varios puntos. Lamentablemente nos ha pillado una época en la que hacerse el chulo y beber es lo que mas mola y si no lo haces eres una escoria.
    Por suerte también encontré un pequeño grupo de gente parecida a mi para reír y compartir momentos buenos y malos.

    Volviendo a tu historia, se ve que eres fuerte y sabes encajar las cosas, a parte del vocabulario enriquecido en el que nos envuelves para narrar. Me ha gustado mushito!

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  4. Muy bueno el texto. Igual que otros lectores, me siento identificado con algunos puntos, pero creo que no he salido tan fuerte como tu.. Un saludo y un abrazo!

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  5. A pesar de haber ido a colegios públicos ttoda mi vida me siento identificado con muchas cosas de las que dices.

    En mi caso, me arrepiento haber gastado energías en parecerme a este tipo de personas. Bienhallado el día que renegué de eso.

    Un saludo.

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  6. Nunca es tarde si la dicha es buena!

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