24 de diciembre de 2010

Oso, taza, paraguas


Jack se encontraba en la consulta de un psicoanalista, o eso acreditaba la tarjetita que le entregaron en el transporte público. Era una medida desesperada, a juego con su desesperada situación. Ya iban demasiados incidentes existenciales.
-Bien, cuénteme el sueño.- El señor con aires de filósofo del siglo anterior le invitaba a sentarse en frente a la vez que sacaba con otra mano un bloc de notas de su bolsillo trasero.
-Pues verá, no podría definir con exactitud el principio y el final, pero supongo que empezaré con el camino.
-¿Qué ocurre con ese camino?
-Bueno, verá, andaba sobre un camino de tierra, nada destacable. A un lado hierba, a otro también. Andaba y andaba sin parecer que estuviese avanzando. Claro está que el camino era circular, visto desde arriba. Describía una circunferencia casi perfecta. Todo aquel campo era un enorme disco.- El psicoanalista garabateaba con el bolígrafo furioso y su bizarro bigote bailaba de abajo a arriba.
-Otro caso más del eterno retorno por lo que veo. Continúe.
-Eh, sí, el disco. El disco no era exactamente tal cosa, más bien una superficie abombada, puesto que formaba la tela de un enorme paraguas. Estaba suspendido en el espacio, sin más, como su fuese un gigantesco paraguas planetario.
El psicoanalista absorto en su libreta, balbuceaba para sí, - pa-ra-guas, gran-de. – Jack decidió darle unos segundos, no quería que se perdiera.
-¿Ya?
-¿Ya qué?- El señor estaba realmente abstraído de la sala.
-Nada. Iba por lo del paraguas. El paraguas, como ya dije, estaba flotando en el espacio. De repente una enorme criatura, una especie de oso blanco, supongo que un oso polar, se tragó todo el mundo con forma de paraguas, conmigo dentro, claro. Imagínese el tamaño del maldito oso.
-¿Y usted vio en el rostro de ese oso alguna carra reconosible? ¿Alguien que recordarra por alguna experriensia pasada trraumática?
Jack estaba decidido a contestar la pregunta cuando se paró un instante.- ¿Por qué tiene ese acento de repente?
-¿Qué?
-…Su acento.
-¿Acento?
-Sí, acento.
-No tengo acento. ¿Ve?
-…Ya. Bueno, continuaré. Después de que el oso devorara el paraguas siguió nadando hasta entrar en, lo que supongo, era su hogar. Se sentó sobre una mecedora de mimbre, abrió el periódico y cogió una humeante taza blanca. La taza era totalmente blanca, eso lo recuerdo con viveza. El oso llevaba gafas de leer de cerca. Ya sé que es estúpido pero es un sueño al fin y al cabo, supongo que los animales antropomorfos son recurrentes en este mundo.-Jack interrumpió el monólogo para echarle un vistazo a su psicoanalista, el cual estaba enrollando el extremo de su bigote sobre su bolígrafo. Empezaba a pensar que no le estaba prestando demasiada atención. Se dio permiso para seguir. -Volviendo a mí mismo, seguía por el camino circular cuando me encontré ante un riachuelo que bloqueaba el paso. Harto de vagar sin rumbo comencé a seguir el curso del río. No recuerdo muy bien esta parte, ya sabe, la confusión de los sueños. Creo que al cabo del tiempo, un tiempo simbólico, el de los sueños, usted sabe, llegué ante un bosque. Adentrándome en el bosque descubrí una hogareña cabaña de madera, justo al pie del río. Esta parte es la que mayor fatiga me da recordar, puesto que me sigue pareciendo totalmente absurda y contradictoria. En la cabaña vivía el oso polar, el que mencioné antes. Lo cual no tiene sentido, se supone que es del tamaño del paraguas que sostiene todo ese terreno y, al parecer, estaba en el estómago del animal. Pues ahí estaba, con su taza blanca reluciente y sus gafas de leer, mirándome fijamente, cuando…-un profundo suspiro interrumpió la crónica de Jack.
-Va a tener que disculparme, necesito prepararme una taza de café. -Ante esto Jack no hizo nada más que asentir con resignación. El hecho de que el hombre abandonase el cuarto le produjo un grato alivio. No seguía sintiéndose cómodo allí, probablemente a causa de la total falta de interés por parte del psicoanalista por sus inquietudes.
La sala estaba rodeada de estanterías repletas de gruesos libros con aspecto serio. Curioseando vio que la mayoría no tenían título. Sobre el bloc vio el boceto de un sonriente oso a dos patas con un periódico y una taza en las manos.  Empezaba a irritarse con todo lo relativo a la consulta. Siguiendo con los pocos libros que sí tenían título descubrió ejemplares tan fascinantes como <Los fundamentos del acento ruso fingido>, <La actitud psicoanalista y la importancia de un hermoso bigote>, <Osos, tazas, paraguas y otros elementos oníricos>. Puesto a dejarse llevar por el absurdo una vez más, Jack cogió aquel último ejemplar. Sin sorpresa alguna vio que estaba hueco, ni siquiera había algo oculto en el interior. Al dejar el libro de nuevo se percató de la presencia de un par de ojos penetrantes detrás de la estantería. Eran, por supuesto, los del señor, observándole desde alguna retículo secreto. El grito de Jack junto con la dispersión de saliva hizo que el hombre se apartase y cerrara los ojos, volviendo a la sala con una humeante taza blanca de café.
-¿Qué significa todo esto? Los libros, su bloc. ¿Es todo mentira verdad?
-¿A qué se refierre usted?
-Seguro que ni siquiera es psicoanalista. Ese título de allí es falso, apostaría mi vida.- Jack se dirigió hacia el título enmarcado de una pared y lleno de frustración hizo la intención de cogerlo.
-Tenga cuidado con mi título, está impreso en papel de oblea y quiebrra fasilmente. No se le ocurra chuparlo. -Tomó un sorbo de su taza, a lo que Jack se quedó congelado en el sitio.
-Su bigote…es…es blanco. Ahora es blanco. Su bigote ahora es blanco. –Nada tenía más seguro que el señor que tomaba café con toda la frialdad posible tenía antes el bigote de un negro azabache. Volvió a echarle un vistazo al título para averiguar el nombre de aquel farsante. El título estaba dirigido al Señor Oso.  Echó una mirada hacia el señor y ahí estaba, el Señor Oso. Un enorme animal peludo a dos patas, bebiendo de una taza blanca deslumbrante, con las mismas gafas que tenía puestas el psicoanalista. El bigote era también el mismo, un hermoso bigote de filósofo del siglo anterior.
-¿Qué le sugierre la concepción cíclica del tiempo?
En condiciones normales un oso parlante le habría resultado fascinante, incluso gracioso. Jack alcanzó el límite de tolerancia de incoherencias y emprendió la huida de la sala. Al girar el manillar una cortina de luz inundó la habitación y pasados unos segundos sus ojos se acostumbraron al exterior. Estaba en el tranquilo bosque, en la cabaña de madera del Señor Oso junto al río y no tenía ni idea de cómo iba a volver a casa esta vez.

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